lunes, 10 de junio de 2019

Sin animo de ofender


“The role would have been an offensive stereotype even played by an Asian; the casting of Mickey Rooney added insult to injury,”  Los Angeles Daily News published in 1993. (“El papel hubiera sido un estereotipo ofensivo incluso interpretado por un asiático; el casting de M. Rooney añadió sal a la herida”)





Cuando hoy leía en El País el estupendo artículo (Japonesadas) de la escritora Marta Sanz enseguida me vino a la mente el curioso y polémico personaje al que dio vida Mickey Rooney en Breakfast at Tiffany’s (Desayuno con diamantes 1961). Aquel Mr. Yunioshi  (que ya estaba en la novela de Thruman Capote) todavía sigue ofendiendo a buena parte de la comunidad asian-american de los EEUU, la película fue retirada en algún festival de cine, se han recogido firmas para que no se emita y al bueno de Mickey Rooney le marearon bastante con el tema, sobre todo en los últimos años de su vida. Han pasado casi 7 decadas del estreno de la inolvidable cinta de Blake Edwards y a decir verdad es posible que a día de hoy chirríe un poco. De todas formas, no estoy por la labor de arrojar bobinas a la hoguera y lo del revisionismo en el cine pues me parece que como que no. En eso los gallegos tenemos cierta experiencia, durante mucho tiempo, quizás demasiado, el estereotipo habitual en las películas era el del paleto con animo de ridiculizar, salvo alguna rara excepción, lo mismo sucedía en televisión con algunos humoristas. En todo caso y respetando la opinión de quienes se puedan sentir ofendidos a mí la verdad este tipo de humor no me ofende (me refiero a aquellos gallegos retratados en el cine español), son otras las cosas que me calientan la sangre. Les dejo un par de cosas, por un lado, el artículo de Marta Sanz el cual les recomiendo que lean y por el otro un clip de video del personaje en cuestión.



Japonesadas

He pasado cuatro noches en Japón. Si hubiese pasado un año no podría escribir esta columna: habría llegado a la conclusión de que solo sé que no sé nada. Pero cinco días me alientan a la temeridad. He visto muchas cosas y he creído ver muchas otras. Me han contado historias. Comparto lo que siento. Es un derecho.

Al llegar a Japón me advierten: nunca debo dejar propina ni fumar en la calle ni hablar por el móvil en el metro. En los restaurantes la gente disfruta de sus cigarrillos mientras come sopitas, sashimi y sushi. En Japón no hay anisakis porque evisceran y limpian los pescados tan primorosamente que en la carne no quedan larvas ni excrecencias. En Japón hay casi pleno empleo y Tokio es una ciudad donde no me piden limosna ni veo perros abandonados. Los japoneses trabajan mucho; me cuentan que algunos mueren frente a sus ordenadores. Cortocircuito total. El suicidio se practica en los andenes del metro. Los suicidas dejan preparada la suma necesaria para limpiar su sangre de la estación; unas son más caras que otras: suicidios de centro y periferia, de primera y segunda. Me dicen que casi todas las mujeres aspiran a contraer matrimonio antes de los treinta. Ellas administran el dinero de sus infatigables esposos y les dan una cantidad semanal para sus gastos. Las mujeres tienen amantes, van al teatro y abarrotan las cafeterías donde degustan repostería europea. Los hombres que pierden el último tren pernoctan en karaokes y hoteles cápsula. Expresar sentimientos o mostrar afecto físico no es habitual. Pero hay sex shops de ocho pisos, graduados por la dureza de lo que se vende, que no llegan a culminar los más avezados pornógrafos occidentales. Nadie asiste a esas chicas borrachas que se acurrucan en pasadizos: prestarles ayuda sería humillante para ellas. Las japonesas se emborrachan con facilidad porque carecen de una enzima para metabolizar el alcohol. En el barrio de Shinjuku adivino a Godzilla entre dos rascacielos. Hay restaurantes de robots. Los neones son tan potentes que casi me producen ataques epilépticos. Si pierdes el ordenador, lo recuperarás. Nadie roba: hay quien da una razón animista —el alma impregna los objetos— y hay quien apela al budismo —lo que hagas en esta vida te será devuelto en la otra—. No entiendo de religiones. Por Takeshita pasean lolitas góticas y muchachas con peluches anudados a la cintura. Chicas que visten a sus novios a juego con su indumentaria. Los cazadores de tendencias paran a algunas y apuntan sus nombres en un papelito. Hay cafeterías de erizos y búhos. Muchas personas van enmascaradas para no contagiar o no contagiarse: en el avión una japonesa se quita la máscara, se maquilla, no se la vuelve a poner. Yo he visto cosas que vosotros no creeríais si es que aún los seres humanos conservamos la capacidad de asombro. He pasado por uno de los callejones donde se rodó Blade Runner y he atravesado diagonalmente el cruce de Shibuya. He estado cuatro noches en Japón e impugno la idea prepotente de ser habitante del futuro. Ahora me cuesta más distinguir el original de la copia, la tradición de la globalización, la realidad de los relatos, la libertad de las esclavitudes, lo honorable de lo cruel, la soledad delhikikomori del gregarismo, el ombliguismo occidental del exotismo papanatas. Y ya no sé qué puede ser el infierno y qué el paraíso.
Marta Sanz/El País (10-06-2019)